Archive for the ‘Relatos-poemas’ Category

Relato: El paraíso de Jalifa

12 abril, 2010

Por José Antonio Santano, escritor.

Ganador del 2º Premio en el I Certamen “Traspasando Fronteras”. Universidad de Almería


No había más remedio. Estaba decidido a todo. Con tal de salir de aquel lugar era capaz de llegar hasta las últimas consecuencias. Sabía que no sería fácil. La vida es un obstáculo tras otro, y para algunos como él mucho más que todo eso, pero no podía arrepentirse ahora, después de haber esperado tanto tiempo una oportunidad, tal vez la única. Otros lo habían conseguido, por qué no él. Pensó durante largas noches en el asunto, sustrayendo horas al sueño. Estaba decidido. Era consciente del riesgo que la aventura podía reportarle, pero no había otra solución. Tendría que asumirlo, sin más. No podía demorarse por más tiempo. La situación era insoportable, incluso sus padres lo animaban a hacerlo. Seguro que él, tan joven, lo conseguiría. Luego, intentarían reunirse con él al otro lado de la orilla.

Lo había decidido, sí, y ahora no era momento para las vacilaciones. A lo hecho, pecho. Así debía de ser y así sería. Estaba todo listo. Durante los días precedentes había observado a los grandes camiones aparcados en las dársenas del puerto. Todo estaba controlado. Sabía muy bien la hora y el lugar exacto. Serían unos segundos, y en ellos, tal vez, la vida misma, su vida. Porque su vida realmente valía poco, y poco arriesgaba. Siempre había vivido en la más absoluta miseria. Era un verdadero hijo de la calle desde edad temprana. Quien nada tiene nada pierde. El joven Jalifa era una víctima más de su tiempo. Un desheredado más, un vencido más. Pero Jalifa no quiere amilanarse, y no se amilana. Está muy cerca del camión. Sólo tiene que esperar el momento preciso. Todo está calculado y no piensa fallar en el último instante. Se ha preparado para esto durante mucho tiempo, tal vez demasiado. Pero sabe muy bien que una vez dado el paso, no hay marcha atrás. Jalifa quiere vivir por encima de todas las cosas, y vivir dignamente, como se merece todo ser humano, aunque para ello tenga que tentar la suerte, incluso sentir muy de cerca el gélido aliento de la muerte.

Jalifa había mendigado por el zoco como un alma en pena. Ahora lo veía todo más claro: nunca más volvería a hacerlo, estaba decidido a cambiar de vida como fuera, y su familia lo apoyaba. ¿A qué esperar entonces? ¿Acaso alguien repararía en un pobre y zarrapastroso adolescente como él? ¿Le abrirían alguna puerta? No. Jalifa lo sabía bien. Nadie  le tendería una mano amiga, nadie, nadie. Ahora el camionero sube a la cabina. En un momento todo habrá pasado. Jalifa lo observa atentamente. Sabe que será cuestión de segundos, visto y no visto, y entre medias, Jalifa en los fondos del camión, silencioso y trémulo y satisfecho al mismo tiempo. Jalifa callado y  alegre. Parece escuchar la llave de contacto que gira y, al fin, el motor en marcha. Los primeros gases del combustible. Las ruedas que comienzan a girar lentamente. No hay marcha atrás, vuelve a pensar desde su propio silencio, inmóvil en los bajos del camión. El camino es largo. El camión se mueve un poco más rápido hasta encontrar el lugar idóneo en el vientre del gran barco. Jalifa respira aceleradamente. Fue todo tan rápido que todavía no se cree lo sucedido. Ahora se palpa y se pellizca para saberse vivo. No le importa el cansancio de tantas noches en vela. La verdad es que no le importa nada que no sea el futuro. Pensar en el pasado es sentir el dolor en  las entrañas y el alma, saberse víctima de la injusticia y el desprecio, someterse al capricho de quienes siempre lo poseyeron todo… Pensar no es lo que desea ahora. Ya en los bajos del camión y en el silencio que la noche impone, Jalifa cierra los ojos, se agarra a la vida fuertemente y se deja mecer por las olas del sueño y la memoria.

Unos niños juegan con una pelota de pellejos de cordero en las afueras de la aldea. Atardece en las montañas. El crepúsculo incendia los campos de olivos. Los niños corren sin cesar, persiguen al pequeño Jalifa que tan pronto lleva la pelota entre sus pies como está en el suelo, empolvado hasta las cejas, derrotado del esfuerzo realizado para conseguir el ansiado gol, y la victoria.

Pero Jalifa siempre fue un vencido. Desde su nacimiento no conoció sino una derrota tras otra. Sin embargo ahora se había propuesto cambiar el rumbo de su vida. Y no estaba dispuesto a que nadie se interpusiera en su camino. Él, libremente, había decidido el día y la hora propicia para ser otro ser y no podía amilanarse precisamente ahora, una vez traspasada la frontera del miedo y el dolor.

Los niños se ríen al ver a Jalifa en el suelo cubierto de polvo de pies a cabeza, como si fuera un boquerón en harina; se ríen a carcajada limpia, burlándose de su apariencia; se ríen sin parar y sin dejar de señalarlo con el dedo, fijamente, como si fuera el ser más despreciable del mundo. Y Jalifa, entonces, corre desesperadamente para ocultarse de todos y de sí mismo. Se refugia en la Gran Montaña, su Montaña. A ella acude siempre que la vida le golpea con violencia. Y ahora se siente herido. No sabe muy bien por qué siempre le toca a él. Sin embargo, en la Montaña, se siente seguro, abrigado en sus entrañas de roca y de silencios. Ya en la cima, solos, la Montaña y él, los únicos habitantes del planeta. Desde su majestuosa altura Jalifa otea el horizonte, la raya fronteriza que separa su mundo de otros mundos, y sueña. Algún día –piensa para sí-, conquistaré mis sueños.

Jalifa huye, de nuevo huye. Huye de sí mismo, de cuanto un día ya lejano soñó. Los sueños se rebelan contra él. No le dejan descansar. Y así, escucha nuevamente el rugir de los motores y siente el movimiento. Las ruedas del camión giran y avanzan hacia la luz. Una luz que ciega a Jalifa momentáneamente. Pero él es fuerte. Su fuerza es la esperanza.

En la Gran Montaña, su Montaña, se dejaba cegar por la luz de los crepúsculos cada tarde. Contemplaba el inmenso fulgor azafranado del cielo; admiraba las caprichosas formas de las nubes acogiendo los haces de luz en sus entrañas grises y negras, y con lágrimas en sus ojos despedía al sol hasta otro día. Jalifa, en su Montaña, acariciado por la brisa marina, soñaba con alcanzar  un día no muy lejano, la otra orilla, el paraíso.

Ahora el camión avanza lentamente, se detiene. Escucha unas voces. El camionero habla con los guardias. Se saludan. Los guardias preguntan por la carga. El camionero responde como siempre: lo de todas las semanas. Ríen. Presiente que el peligro ya ha pasado. Un obstáculo menos. Está en el buen camino. Se siente afortunado. Una puerta se cierra de golpe. El camión avanza de nuevo, sin prisas. Reanuda el movimiento y Jalifa se agarra fuertemente. El viaje es largo y no puede desfallecer ahora. Una leve sonrisa aparece en su aceitunado rostro. No sabe explicarse por qué, pero su vida siempre ha estado pegada a los bajos fondos, ahora, a los del camión que acelera su paso. El negror del asfalto es todo su mundo, lo único que posee. Y mira hacia él y su vida parece ocupar el amplio espacio de la negrura que el alquitrán desprende. Y así pasan los segundos,  y los minutos, que para Jalifa son eternos, pero tiene que aguantar. No puede, después de haber salvado los primeros obstáculos, desmoralizarse, caer en el abismo del desencanto. Pero a pesar de todos los pesares, que son muchos, Jalifa es fuerte y sabe que tiene que ganar esta batalla.

Amanece en las inmediaciones del zoco. Jalifa merodea por los puestos de los mercaderes. Mira a un lado y otro buscando la mirada cómplice que le demande ayuda a cambio de unas monedas. Pero todos lo apartan empujándolo con violencia para que no estorbe en las faenas de carga y descarga. Jalifa no desespera. Todo lo contrario. Persiste una y otra vez. Ahora es el puesto de frutas. Jalifa, quedo y silencioso, fija sus ojos en los ojos  de la frutera, de baja estatura y gordinflona. Ella, a su vez, también lo mira. Jalifa se atreve a preguntarle. Y la frutera, echando la cara a otro lado, no contesta. Jalifa reconoce en ese gesto una derrota más. No tiene prisa, acaba de amanecer y no quiere desmoralizarse. Insiste en uno y otro puesto, pero nadie admite sus servicios. ¿Tal vez porque es muy joven?, o, ¿acaso por su aspecto haraposo y sucio? Jalifa decide entonces mendigar, y mendiga. En lo más profundo de su ser le asquea y humilla hacerlo, pero sabe muy bien que no hay otro camino, y eso le basta  para extender una y otra vez la mano ante todos los que se acercan a los puestos de los mercaderes. Sabe, también, que en ocasiones su aspecto disuade a sus potenciales clientes y otras, en cambio, atrae su caridad. Al cabo del día, Jalifa siempre cuenta las monedas. No más de cuatro. Y vuelve la tristeza a su corazón desheredado. Jalifa, por el camino de guijarros y barro que lleva hasta su casa, el arrabal de la Seda,  llora sin lágrimas y aprieta las monedas contra su mano, abatido.

Las ruedas del camión giran y giran sin parar. El negro asfalto, los pensamientos y el deseo. El tiempo se eterniza y Jalifa siente el cansancio en los párpados, que se le cierran y abren muy lentamente. Y así hasta que siente un gran peso, definitivo, y flota, y vuela, detenido en el tiempo:

Jalifa recorre la ciudad adornada con luces de todos los colores. Grandes rótulos que anuncian y proclaman reinos de absoluto confort. Jalifa sonríe ahora, satisfecho por hallarse en su soñado paraíso. Jalifa, alegre y victorioso por primera vez, abre los ojos como si en ello le fuera la vida. Los abre hasta sentir un dolor intenso. Pero no le importa. Lo quiere todo, al detalle. Se sienta en un banco del Paseo. Observa y calla. La noche huele a salitre y mar. Los ojos de Jalifa brillan de una forma especial. En este instante es el ser más feliz de la tierra. Para él se acabaron los malos días, el dolor, el miedo, la penuria. Jalifa es el otro. El ser que siempre soñó. Jalifa ríe con la fuerza de lo que se ansía, y ríe, y ríe sin parar, mostrando sus blanquísimos dientes. Ansiaba verlo todo, sin excepción. Por eso camina ahora, alocadamente, sin rumbo fijo. Se detiene en todos y cada uno de los escaparates  que a un lado y otro del Paseo exhiben elegantes ropas, brillantes zapatos, oros y plata, libros, muebles, lámparas, fina lencería… Calles, luces y sombras, soledad y silencio. Al fin en la otra orilla,  en el paraíso.

El camionero escucha la radio. El locutor habla del paso del Estrecho, de pateras y muerte. El camionero queda pensativo y cambia de emisora. Mira el reloj del salpicadero, y piensa que es hora de un merecido descanso, también de repostar combustible. Conduce hasta que un cartel de la autovía anuncie un área de servicio. Pasados unos minutos aparece ante su vista, sobre fondo azul y letras blancas, el anuncio de la esperada área de servicios, salida 524. El camionero sale de la autovía por el último carril de la derecha, llega a una rotonda, la pasa y gira de nuevo a la derecha hasta encontrar la gasolinera. Una vez ha repostado el combustible necesario para concluir su ruta, el camionero decide entrar en la cafetería y tomar un café. El camarero le sirve un café doble. El camionero vierte el azúcar en el café y enciende un cigarro. Aspira profundamente el humo y lo expulsa muy lentamente, saboreándolo. Solicita al camarero la cuenta, paga y se dirige de nuevo al camión. Sube a la cabina, gira la llave de contacto y reanuda su camino. Pero Jalifa ya no le acompaña. Ha quedado en el suelo, inmóvil, en posición fetal. Ni ve ni oye, no siente nada. El cuerpo es un amasijo de huesos y carne entumecida, acalambrada, pálida e inerte. Alguien se acerca hasta Jalifa. Le habla, pero no responde. Ahora ese alguien llama por teléfono. Mientras tanto, Jalifa sigue caído en el suelo, con los ojos cerrados, inmóvil. Después de unos minutos, Jalifa es trasladado en ambulancia al hospital más cercano. Tras unos días de oscuridad y silencios, Jalifa despierta. Abre los ojos muy despacio, como si una gran mole de piedra colgara de sus párpados. Mira a su alrededor y no ve con claridad, está confuso, y solo. No distingue los colores. Le sudan las manos y la frente. Ahora, lejos,  escucha la voz de una mujer, e inmediatamente después la de un hombre. Ambos están de pie, junto a la cama de Jalifa, y visten uniformes de guardias.

Pero Jalifa no tarda en volver a la vida. El sueño ha durado demasiado. Jalifa distingue el verde de los uniformes. Jalifa grita y llora desconsoladamente. Es al abismo de nuevo. Se siente náufrago y vencido. No puede creerse lo que está pasando. Jalifa patalea en la cama como un desesperado. Los guardias intentan calmarlo. Pero Jalifa es un ser descontrolado que sólo sabe gritar, gritar, gritar… Y entre grito y grito los médicos, las enfermeras que acuden al instante para saber qué está pasando, a qué viene tanto escándalo. Pero ya es tarde, Jalifa no es Jalifa. Es otro ser que, enloquecido, grita hasta quedar exhausto, sedado por su propio desconsuelo; inerte sobre la cama, con los ojos abiertos y fijos en el techo, sin vida.

Desde entonces, y todavía hoy, después de los muchos años transcurridos, en el silencio de la noche, un eco de voces inunda los largos y oscuros pasillos del hospital, se apoderan de la tierra y devuelven a ésta las que fueran las últimas y desgarradoras palabras de Jalifa: ¡Por favor, no me echen del paraíso! ¡No me echen del paraíso!

Anuncios

Poema: El viejo canal

24 marzo, 2010

Huyendo del implacable estío meridional

y dejando atrás el tedio y las preocupaciones,

marché al norte en busca de una respuesta

que pusiera fin a tanta incertidumbre.

Viajé por mil caminos,  crucé las estaciones,

vi otras gentes, otras costumbres,

y el ojo captaba todas aquellas novedosas vivencias.

Qué gratificante es el viajar sin tener marcado un rumbo,

sin temores a retrasos o a cancelaciones,

viajar como se viajaba antes, sin turismo, ni hoteles,

siguiendo el propio ritmo que marcan nuestros pasos,

porque además de conocer otros sitios, otras situaciones,

tenemos la oportunidad de ahondar en nuestro interior,

de visitar aquellas parcelas del ser

que la vida cotidiana y sus problemas nos ocultan.

Entonces llegué a esa ciudad regada por los canales,

que como una Venecia del norte, llamaba a la paz y

al silencio de sus melancólicas calles.

“Aún vagarán por aquí las almas de los Tercios de Flandes”,

pensé en recogimiento, absorto por la belleza de aquel rincón

en el que el tiempo parecía haberse detenido,

en presencia de la oscura agua, la frondosa vegetación,

y los gruesos muros de las casas que se hundían en el viejo canal.

Allí olvidé mi tristeza, que se había diluido

como un motivo más de ese inolvidable paisaje.

Javier Carrasco

Poema "VIDA ROTA"

21 marzo, 2010

Tras trabajar el tema de la Violencia de Género, con el alumnado de 1º Curso del C.F.G.S. de Integración Social, el pasado día 25 de Noviembre, el alumno Jose María Gálvez Ocaña, escribió el siguiente poema.

“VIDA ROTA”


Sintiendo en la vida un verso

que no sabe de palabras,

que se esconde tras el llanto,

que te humilla y te maltrata.


Suspirando en cada intento,

por vencer a tu mirada

que me viola cada noche

y me vende con palabras….


Se llevó mis ilusiones

mendigó con cada lágrima

me creí su cenicienta,

de ese cuento que no acaba…


Ya nunca recibo flores, ni tan siquiera cartas

sólo siento en mí tus golpes, y me callo…

al final, ganas.


Ojalá nunca se escriba una carta de despido

pues aunque de pena muera, espero no estar contigo

ojalá siempre hay dicha, en mujeres que aman tanto,

pues si existe la otra vida, perderé por fin tu rastro.


Al final de cada verso

siempre hay una despedida

por ello, se esfuma el ruido y con él,

mi alma perdida

De extrañar como te extraño

y morir, será otro día.


Autor: Jose María Gálvez Ocaña

Alumno de C.F.G.S. Integración Social

Cuento "Solidaridad"

21 marzo, 2010

Teniendo presente la lucha contra las catástrofes naturales, como las que han acontecido en Haití y Chile como últimos ejemplos de la devastación natural;  deben renacer los valores más humanos de cada una de las personas,  de ahí el siguiente cuento ilustrado por una de las alumnas que componen el Grupo de 1º Curso del C.F.G.S. de Integración Social.

CUENTO: “ SOLIDARIDAD “

En un lejano país hubo una vez una época de gran pobreza, donde sólo algunos ricos podían vivir sin problemas. Las caravanas de tres de aquellos ricos coincidieron durante su viaje, y juntos llegaron a una aldea donde la pobreza era extrema. Era tal su situación, que provocó distintas reacciones a cada uno de ellos, y todas muy intensas.

El primer rico no pudo soportar ver aquello, así que tomó todo el oro y las joyas que llevaba en sus camellos, que eran muchas, y los repartió sin quedarse nada entre las gentes del campo. A todos ellos deseó la mejor de las suertes, y partió.

El segundo rico, al ver su desesperada situación, paró con todos sus sirvientes, y quedándose lo justo para llegar a su destino, entregó a aquellos hombres toda su comida y bebida, pues veía que el dinero de poco les serviría. Se aseguró de que cada uno recibiera su parte y tuviera comida para cierto tiempo, y se despidió.

El tercero, al ver aquella pobreza, aceleró y pasó de largo, sin detenerse. Los otros ricos, mientras iban juntos por el camino, comentaban su poca decencia y su falta de solidaridad. Menos mal que allí habían estado ellos para ayudar a aquellos pobres…

Pero tres días después, se cruzaron con el tercer rico, que viajaba ahora en la dirección opuesta. Seguía caminando rápido, pero sus carros habían cambiado el oro y las mercancías por aperos de labranza, herramientas y sacos de distintas semillas y grano, y se dirigía a ayudar a luchar a la aldea contra la pobreza.

Y eso, que ocurrió hace tanto, seguimos viéndolo hoy. Hay gente generosa, aunque da sólo para que se vea lo mucho que dan, y no quieren saber nada de quien lo recibe. Otros, también generosos, tratan de ayudar realmente a quienes les rodean, pero sólo para sentirse mejor por haber obrado bien. Y hay otros, los mejores, a quienes no les importa mucho lo que piense el resto de generosos, ni dan de forma ostentosa, pero se preocupan de verdad por mejorar la vida de aquellos a quienes ayudan, y dan mucho de algo que vale mucho más que el dinero: su tiempo, su ilusión y sus vidas.
¡Aún estamos a tiempo de cambiar al grupo bueno!

Autora: Mónica Gilabert Martínez

Alumna del C.F.G.S. de Integración Social.

Equipo Educativo C.F.G.S. Integración Social

-Paqui Vico Sánchez

-Encarna Padilla

– Mª Angeles Monje

Concurso "Día de la Paz"

10 marzo, 2010

Para celebrar el Día de la Paz se organizó el siguiente concurso:

CONCURSO

LOGOS, LEMAS, RELATOS CORTOS Y POEMAS

TEMA: “LA NO VIOLENCIA EN EL IES ALHADRA”


BASES:

1ª. –Podrán participar todos los alumnos y alumnas del IES ALHADRA, individualmente o integrándose en grupos.

2ª. –Las secciones del Concurso quedan establecidas como sigue:

a) LOGOS: Que personalice y represente la NO VIOLENCIA EN EL IES ALHADRA.

b) LEMAS: Que identifiquen al IES Alhadra como Centro no violento.

c) RELATOS CORTOS: Referidos al tema de la No violencia (máximo dos folios por una cara a doble espacio, A4.

d) POEMAS: Máximo 20 líneas.

3ª. –Los trabajos se presentarán bajo seudónimo y  grapado en un sobre con los datos reales de los autores.

4ª. –El jurado estará formado por profesorado, alumnado y representantes del AMPA.

5ª. – Los trabajos se entregarán en el Departamento de Filosofía: Escalera 1, planta 1. La fecha límite 25 de Enero.

6ª. –El Fallo de los premios será el día 30 de Enero Día de la Paz.

7ª. –El Logo y el Lema premiados se materializarán en  chapas distintivas de nuestro centro.

8ª. –El Relato corto y el Poema premiados se publicarán en la Revista Digital.

9ª. –Se establece un único premio en cada una de las secciones consistente en: Material Escolar que no supere los 50 Euros.

10ª. –A todo el alumnado participante se le entregará un DIPLOMA DE HONOR, donde conste su colaboración y esfuerzo por erradicar la violencia y luchar por una convivencia pacífica.

A continuación publicamos los ganadores en  las diferentes secciones. El premio de Lemas ha quedado desierto, en su lugar se han otorgado dos premios en Poemas.

La concesión de los premios se realizó en el recreo, en un acto en el que participaron profesores y alumnos. Este concurso forma parte de las actividades previstas para el Día de la Paz.

POEMAS PREMIADOS

“ESPERANZA”

Todos estos años inmerso en la locura                                                                           

de un mundo gris que expira de amargura.

Mundo en guerra, mundo inerte,

ahogado en la ternura de volver a verte.

Si esto no cambia, no habrá remedio alguno,

la negrura nos consumirá de uno en uno.

Más guerras, menos mundo,

lágrimas muertas sobre un No rotundo.

Sociedad concentrada en un anhelo de Paz,

sociedad muerta, al ver y no estar.

Mundo impuro, mundo inmóvil,

nacer, crecer, reproducirse y esperar a morir.

Espero ansioso tu llegada, Paz,

espero ser feliz y crecer en la libertad.

Más amor, menos inquietud,

puedes  ayudarnos Tú, sólo Tú.

Fabio Francisco Pérez Alonso, 1º Bachillerato

LA PAZ

Viva la paz.                                                                                                           

Viva la paz.

Viva la gente

que no hace llorar.

Viva el amor.

Viva el querer.

Viva la gente

que te hace crecer.

Viva la paz.

Viva la paz.

Viva la gente

que no hace enfadar.

Tamara Heredia, 3º ESO

RELATO CORTO PREMIADO

CONFESIONES

Raúl es un chico de quince años, amable, educado, cariñoso, etc. Se metió a estudiar cuarto de la ESO en un centro llamado IES Alhadra; donde la convivencia con algunos de sus compañeros iba a ser casi imposible.

La primera mañana que fue al instituto, se dio cuenta de que no conocía a nadie, “solo ante el peligro”, pensó el pobre chico al ver tanta gente reunida allí. La primera reacción que tuvieron los alumnos reunidos en ese patio fue mirarlo de arriba abajo y, seguidamente, darse la vuelta para ponerle un mote, reírse de él o simplemente hacer de su llegada un tema de conversación.

Sonó el timbre que indicaba la hora de entrar en clase. Raúl se dirigió a la conserjería para preguntar dónde tenía que ir para llegar a clase.

–          Aula 132… -dijo la conserje.

Raúl empezó a subir las escaleras rápidamente para no ser visto, pero fue algo imposible ya que había gente esperando que abrieran las clases en las plantas inferiores a  la suya… Con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos, subió a duras penas por las escaleras hasta la tercera planta. Buscó su clase y vio que todos los niños estaban sentados con el profesor pasando lista en ese momento.

– ¡Hola, buenos días! –dijo Raúl en voz baja y clara, sentándose en uno de los pupitres vacíos y sin alumnos al lado.

– ¿Cómo te llamas? – preguntó el profesor cogiendo la lista del alumnado.

– Raúl González López.

En ese momento, Raúl se percató de que los veinticinco alumnos de esa clase le estaban mirando: unos se reían, otras le observaban para después hablar de él, y otros, incluso, pasaban olímpicamente de Raúl.

El profesor le dio la bienvenida y comenzó la clase. Uno de los alumnos se dirigió hacia Raúl y se presentó:

– ¡Hola!, me llamo Marc…

A Raúl le pareció buen chico, ya que fue el único que se presentó, se sentó a su lado en las clases siguientes y se empezaron a conocer.

Tocó el timbre, era la hora del recreo. Raúl y Marc fueron al patio y empezaron a compartir momentos de clase y de recreo. Marc le había contado a Raúl que era homosexual y que eso no era fácil en este centro porque te insultaban a cada momento y más sabiendo que tuvieras inclinaciones sexuales diferentes. Marc le dio un consejo, ya que lo consideraba un amigo, para que Raúl lo cumpliera en el instituto y así no meterse en líos. El consejo era que no contestara los insultos que le dijeran los demás, porque algunos de los chicos lo único que buscaban era una excusa para formar una pelea.

En ese momento, un chico de la otra clase de cuarto, muy temido por su carácter, dijo:

–          ¿Qué Marc?, ¿otro novio nuevo? ¡Maricones de mierda!

Raúl se giró y, no pudiéndose contener, le contestó:

–          ¡Cállate la boca!

Marc se quedó de piedra al ver que su nuevo amigo iba a pasar a ser un fiambre. El chico llamado José se acercó a Raúl rápidamente y lo agarró del cuello  diciéndole la frase que ningún  chico inocente quiere escuchar: Te espero a la salida. Raúl, blanco como el papel, se arrepintió de lo que había dicho, pero ya era demasiado tarde.

No se lo dijo a ningún profesor, no quería meter más cizaña. Las tres últimas horas fueron largas para Raúl y Marc, porque sabían lo que iba a pasar.

Al salir del instituto vio a aquel chico esperándole con unos cuantos más. Tragó saliva y salió. Justo al salir, recibió el primer puñetazo en la cara, cayendo al suelo mareado y desorientado. Los demás alumnos del instituto los rodearon y animaron como si de un combate se tratara, gritando: ¡Pelea, pelea!

Cuando el chico conflictivo se desahogó con la cara de Raúl, le escupió en la cara y le dijo:

–          ¡Ya sabes quién manda aquí!

Seguidamente, la gente empezó a marcharse riéndose de él, quedándose los dos amigos sentados en la acera del instituto.

–          La próxima vez que te advierta sobre algo de aquí, haz caso –dijo Marc asustado al ver la cara de su amigo y con la impotencia de no haber podido hacer nada por evitar la pelea.

–          No habrá próxima vez. Si en la primera semana me pasa esto, cuando lleve un año, ¿qué me pasará? Hablaré con mis padres para que  me cambien de instituto. No ha sido una buena experiencia. Sólo por intentar defender a un amigo, te pegan. Si te insultan por los pasillos y contestas, te pegan. Y… ¿dónde están los profesores y los conserjes? Hay una pelea en la puerta y nadie sale a separarnos. ¡Es vergonzoso!

–          Bueno, la verdad es que cuando hay peleas no salen y después te dan charlas dentro para no recurrir a la violencia. Como has podido comprobar, no sirve de nada ya que los verdaderamente conflictivos son los que se las pasan por los forros. Aunque yo intente no meterme en líos, me acaban diciendo cosas por los pasillos y las tengo que aguantar. Si se lo digo a un profesor, les pone un parte y a ellos les sirve de diversión, les sube un peldaño más en su pequeña jerarquía.

–          Marc, si se meten contigo, ¿por qué no te cambias de instituto?

–          Porque esto ocurre en todos lados, con más o menos frecuencia, pero pasa. La homofobia, el racismo y todo eso siempre está presente en un instituto.

–          Yo, por lo pronto, me voy a mi casa a que mis padres me vean la cara que me han dejado –dijo Raúl decepcionado.

–           Aunque hayas salido perdiendo, para mí has ganado. Gracias por haberme defendido –dijo Marc.

–          De nada, todo por los amigo. Luego hablamos por el msn.

La vida en el instituto es más dura de lo que parece. ¿Será en todos así? Por lo pronto, en el IES Alhadra, sí…

Cambiaremos esta situación y que la historia de Raúl y Marc no vuelva a suceder. ¿Difícil, verdad?

Adrián Nanclares Simón, 3º B

LOGO PREMIADO

Ángela García Espejo, 1º Bachillerato

El siguiente poema no ha resultado premiado, pero lo hemos publicado porque nos ha parecido que merece la pena darlo a conocer, ya que recoge perfectamente la idea de Paz.

ENCONTRAR LA PAZ

Presente está la guerra,

conflictos por ganar terreno,

hambre causan en la Tierra

y muertes provocan sin freno.                                                                                          

¿Dónde está la PAZ?

Hacia los oscuros, racismo,

sólo por ser de color;

a las mujeres, machismo,

sin sentido ni razón.

¿Dónde está la PAZ’

Sin escuelas, el tercer mundo,

no disfrutan de hospitales;

muertes por mil en un segundo,

y pocos van a ayudarles.

¿Dónde está la PAZ?

El amor sin distinción,

la felicidad nos da,

sin importar nación ni religión.

¡¡AHÍ ESTÁ LA PAZ!!

Manuel Gil Rodríguez, 3º B

El pollito Ito.

4 marzo, 2010

Erase una vez una gallina que estaba esperando que naciera su hijito, el pollito Ito.

Estaba tan nerviosa, que no hacía nada más que pasear por el corral, de aquí para allá, esperando a que el pollito Ito abriera su cascarón, pero nada, pasaba el tiempo y el pollito no nacía.  Así cada minuto y hora que pasaba la gallina se ponía más y más nerviosa. Así que pasó por el corral el gallo y le dijo:

–         Mamá gallina, ¿por qué no vas a darte un paseo?  Yo vigilaré que no le pase nada a tu hijito, mientras tú te relajas ¿vale? Le preguntó a la gallinita.

–         Ella, se lo pensó  un momento y luego  le dijo: muchas gracias señor gallo. Estiraré las patas y me daré un paseo para relajarme y estar muy feliz para cuando nazca mi pollito Ito.

La mamá gallina salió del corral y se fue alejando mientras que con su pico, iba picoteando la hierba del camino.

Pero mientras tanto,  en el corral,  estaban pasando cosas: el gallo se subió a un palo en el gallinero, y se quedó dormido, y el pollito Ito estaba comenzando a romper su cascarón. Cuando finalmente terminó de nacer, el pollito no veía a su mamá, que tantas ganas tenía de conocer y darle un beso, así que como el pollito Ito era muy valiente –sin dudarlo-  salió del corral en busca de su mamá.

Lo primero  con lo que se encontró fue con la señora oveja y le pregunto: ¿eres mi mamá?, y la oveja le contesto: -bee, no pollito Ito, no soy tu mamá, aunque también soy blanca como ella- lo siento pero tienes que seguir buscando.

El pollito Ito se puso muy triste, pero enseguida se animó y continúo buscando a su mamá.

El pollito Ito siguió por el camino buscando y buscando, un poco enfadado por no saber cómo encontrar a su mamá; pero por allí había una vaquita que lo estaba observando, la vaquita pensó: -¡pobre pollito, tan pequeñito y solo!-, me acercaré y le preguntaré que es lo que le pasa.

–         Muuu, hola pollito ¿por qué tienes esa carita tan triste y seria?

–         Hola señora. Estoy triste porque no encuentro a mi mamá. ¿Eres tú mi mamá? Eres blanca como yo.

–         Muuu, no pollito no soy tu mama, soy blanca pero yo soy una vaca y  también tengo manchas negras, -¿las ves?- Pero si quieres te acompaño a buscar a tu mamá. Seguro que entre los dos la encontramos pronto, ¿quieres?

–         Gracias señora vaca. Ahora estoy muy contento, porque no estoy solo y me vas a ayudar. ¿Por dónde buscamos?

–         Mira pollito seguiremos por el camino y preguntaremos a los otros animales que si han visto a tu mamá.

Así que ahora el pollito Ito ya no está solo y tampoco tiene miedo porque sabe que tiene una amiga que le va ayudar a encontrar a su madre.

Los dos amigos siguen juntos por el camino, van hablando,  riendo  y la vaca le va explicando cosas al pollito. El pollito está muy contento.

De pronto se dan cuenta de que a lo lejos hay un animal que es blanco y a lo mejor puede ser la mamá del pollito Ito. Los dos amigos van corriendo al encuentro, y entonces el pollito pregunta –Hola ¿eres tu mi mamá? Te pareces a mí y también eres blanca.

El animalito contesta – lo siento pollito, soy blanca y si es verdad que nos parecemos, soy la prima de tú mamá,  yo soy la señora oca.

Entonces la señora vaca le pregunta – ¿has visto a la mamá de mi amigo, el Pollito Ito?

-No, esta mañana no he visto a nadie por aquí, pero por el lago se oye mucho jaleo, a lo mejor está allí. Adiós pollito Ito, adiós señora vaca.

Los dos amigos siguen el camino hacia el lago, pensando que ahora si van a encontrar a la mamá del pollito Ito.

El camino se hace largo pero como los dos amigos van juntos, haciendo bromas y cantando canciones el tiempo se le va pasando muy rápido, por fin llegan al lago.

Allí hAy unos cuantos animales, bebiendo agua, bañándose en el lago y divirtiéndose juntos. La señora vaca se acerca y les pregunta: – Muuu, ¡hola amigos! ¿Habéis visto a la mamá de mi amigo el pollito Ito?

¡Hola pollito! –Contestan los animalitos-  No, no la hemos visto por aquí, pero seguro que está cerca, porque teniendo un hijo tan guapo no puede estar muy lejos.

El pollito Ito se ha vuelto a poner un poco triste, pero pensándolo mejor sabe que tiene una amiga y que le está ayudando a buscar a su mamá, así que en seguida se pone contento y piensa que es un pollito muy afortunado.

El pollito Ito le dice a su amiga la señora vaca, que aunque estén un poco cansados tienen que seguir buscando a su madre, ya que si no, pronto llegará la noche y él tendrá que dormir sin su mamá.

La señora vaca le contesta: -Muuu, pollito Ito, no tienes que preocuparte  por nada, porque yo tengo muchos amigos en la granja y sé que con la ayuda de todos vamos a encontrarla y además no tengas miedo que seguro que esta noche duermes con ella, porque tú mamá te quiere mucho y también te buscara.

Así que pollito Ito ya más tranquilo y su amiga la señora vaca, se ponen en camino. Pronto la señora vaca se da cuenta que ya mismo se va hacer de noche, y antes de que pollito Ito tenga miedo, la señora vaca le dice que tienen que ir un poco más deprisa, aunque estén cansados ya que es mejor que recorran el camino lo antes posible para llegar otra vez al establo.

-Mientras tanto la mamá gallina, ha terminado su paseo, ya se ha tranquilizado y todo el rato ha estado pensando en las ganas que tiene de ver a su hijito, que seguro que es muy guapo y listo y que lo quiere mucho. Está deseando de cogerlo, acariciarlo y darle calor. Seguro que su hijo es un pollito feliz-.

El pollito Ito y la señora vaca se dan mucha prisa y antes de darse cuenta, ya están de vuelta en el corral. Y sorpresa ¡dentro del corral está la señora gallina que ya ha vuelto del paseo! La señora vaca reconoce enseguida a la mamá del pollito Ito y muy contenta le dice al pollito:

-Corre pollito Ito, que tu mamá ya ha vuelto y te está buscando, ¡corre que no se asuste y que te de un abrazo fuerte!

La mamá gallina ve a su hijito y sale a su encuentro y por fin, mamá e hijo se pueden dar un abrazo y un beso muy, muy grande.  Pollito Ito está radiante de felicidad ya que por fin ha encontrado a su mamá  y ya no separará de ella, su mamá  lo protegerá, ya no tendrá miedo, ni estará triste y será el pollito más feliz del corral.

La mamá gallina le da las gracias a la señora vaca y pollito Ito se despide de ella diciéndole que será su amigo siempre.

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado y todos vivieron felices y comieron perdices.

Luisa María Biedma

Alumna de CFGS de Educación Infantil.

Cuento: "El Valle de Sonrisas"

4 marzo, 2010

Hola niños y niñas. Os voy ha contar la historia de un valle que un día perdió la alegría por culpa de una bruja muy egoísta. Hay que saber, que la alegría es el mejor motor para conseguirlo todo y nuestro mayor muro para ser felices somos nosotros mismos, con nuestros malos sentimientos. ¡Vamos a comenzar a contar el cuento!.

Esta es la historia de un valle, situado entre las montañas, rodeadas de árboles y plantas. Todas llenas de flores hermosas y colores llamativos. Su nombre era “El Valle Alegre”, donde todos sus habitantes estaban llenos de alegría y felicidad.

Como todos los años, en primavera, cuando salían las primeras flores, celebraban sus fiestas para dar la bienvenida a los prados verdes y floridos.

Todos sus habitantes se reunían en el centro del pueblo, trayendo cada uno diferentes cosas como: comidas, bebidas, manteles, mesas, sillas…

En el valle hay fiesta donde todas las personas están hablando, bailando y riendo. Se lo están pasando muy bien.

Pero, de repente, aparece una bruja. ¡Es la bruja del valle! Se ha enterado de que no la han invitado a su fiesta.

BRUJA: ¡Cómo os atrevéis a no invitarme a la fiesta! ¡Quién os habéis creído! ¡Yo soy la bruja, la reina de todo el valle, la invitada número uno!

ALCADESA: Para qué vamos a invitaros, si no te gusta estar con nosotros. No te gusta bailar, ni cantar, ni reír. No te gusta la alegría.

La bruja se puso muy roja del enfado que tenía. De repente, apareció su bola mágica y empezó a gritar.

BRUJA: ¡Eso pensáis de mí, ahora os vais a enterar de lo que es vivir sin alegría! A partir de ahora, os condeno a vivir en la más profunda tristeza: “Fuerzas del mal, os convoco que sobre este pueblo caerá una maldición. Cuando acabe la noche, la tristeza traeré y la alegría desaparecerá en este valle. Sus habitantes tristeza tendrán”.

Dichas sus palabras, la bruja echó humo en el valle, desapareció su bola y rápidamente salió volando con su escoba. Por el camino, se iba riendo por la maldición que había echado en el valle.

Los habitantes del valle empezaron a asustarse. Pararon de bailar y sonreír. Cada uno se fue a su casa por si la bruja volvía a aparecer en el valle.

Cuando acabó la noche y apareció el nuevo día, el hechizo recayó sobre el valle. El valle verde y florido, empezó a ponerse oscuro y sin vida. El sol del valle no brillaba, empezando a llover y ha haber mucho viento. No tenía color el valle. Entonces, las personas comenzaron a ponerse triste y a llorar. Incluso los niños y las niñas ya no reían ni jugaban. Era un valle sin vida.

Viendo la tristeza del valle, los niños y niñas decidieron reunirse para buscar una solución y devolver a sus padres la alegría por la vida. En total, había 5 niños y niñas.

PABLO: Mirad lo que ha hecho la bruja a todos nosotros. No hay alegría en el pueblo. Todo está triste y oscuro. Además, está lloviendo. ¡Qué pena!

MARÍA: ¡Ah, es verdad! Todos están tristes y no hay vida en el valle. Tenemos que encontrar una solución. Pero, ¿qué hacemos?

CLARA: ¿Qué hacemos? ¿Vamos a la casa de la bruja?

PABLO: A mí me da miedo, puede ser peligroso. Desde pequeña, mi madre me ha dicho que no me acerca a la casa de la bruja porque ella es muy mala. No le gusta la gente. Nunca sonríe.

MARÍA: Pero, Pablo, no seas miedoso. No pasa nada. Tenemos que salvar a nuestras familias. Tenemos que hacer algo. ¿Estamos todos de acuerdo en ir a la casa de la bruja?

TODOS: ¡Sí!

PABLO: Vale… Pero yo me quedo fuera. Y tú, Ángel, ¿no dices nada?

ÁNGEL: Yo hago lo que digáis todo. Yo soy un valiente.

MARÍA: No seas gallina, Pablo. Si nos mantenemos todos unidos, no pasará nada.

ALEX: Pero, necesitamos un plan.

MARÍA: Déjame que piense un poco, porque hay que hacerlo con mucho cuidado.

En esos momentos, todos los niños se quedaron callados, pensando en el plan que iban ha hacer. De repente, se escuchó un grito.

MARÍA: ¡Ah! Ya sé lo que vamos ha hacer. Que cada uno vaya a su casa y coja lo que necesite. Dentro de una hora nos encontramos en la casa del árbol.

Todos los niños y niñas se fueron para sus casas. Revolvieron cajones, abrieron armarios… buscando lo necesario para su aventura a la casa de la bruja.

Pasada una hora, todos los niños y niñas llegaron a la casa del árbol. Llegaron todos menos Pablo.

MARÍA: No estamos todos. Falta Pablo.

ALEX: Seguro que no viene. Tiene tanto miedo que no será capaz de venir con nosotros.

MARÍA: No penséis mal, seguro que se habrá entretenido comiendo chocolate. Le gusta mucho. Mientras que viene vamos enseñando las cosas que hemos traído. Yo he traído agua y bocadillos.

ALEX: Yo he traído una linterna.

CLARA: Pues yo he traído gominotas.

El resto de niños y niñas trajeron tirachinas, comida, bebidas… En ese momento apareció Pablo.

PABLO: ¡Ah! Pensaba que no estabais aquí, yo pensaba que ya os habíais ido.

MARÍA: Pues no, te estábamos esperando porque siempre te quieres escapar y la misión de hoy es muy importante porque está en juego la vida de nuestras familias.

PABLO: Lo que pasa, que estaba buscando una cosa muy importante pero no lo he encontrado.

MARÍA: ¿Dónde está esa cosa tan importante? No importa porque nos tenemos que ir deprisa. Se está haciendo de noche.

ALEX: ¡María! ¡María! ¡Vienen más niños y niñas! ¡Que bien, vamos a ser más personas!

MARÍA: ¡Estupendo! Vamos a ganar a la bruja egoísta.

TODOS: ¡Vamos! Nuestras familias están en peligro. Tenemos que volver a ser el valle alegre.

El camino hacia la casa de la bruja era oscuro y tenebroso. El viento hacia sonar las ramas de los árboles. Todos los niños y niñas iban asustados. En especial, Pablo que no se soltaba de Clara. María era la más valiente de todos porque iba la primera de la fila alumbrando con una linterna.

A los lejos, los niños y niñas vieron la casa de la bruja que se encontraba en el monte escondida entre tinieblas. En el camino, todos y todas se habían entretenido en coger piedras por si tenían que defenderse de la bruja.

MARÍA: Hemos llegado a la casa de la bruja. Voy a dar una vuelta a la casa, a ver si encuentro alguna ventana abierta y para saber si está la bruja en la casa.

ALEX: ¡Vale! Yo junto con el resto de niños y niñas, vigilaremos los alrededores.

Pasado un rato, aparece María.

MARÍA: No he visto nada. Todas las ventanas están cerradas. No he podido ver nada. Tendremos que entrar por la puerta de la casa.

PABLO: ¡Que miedo! Yo no entro, tengo mucho miedo.

ALEX: No te preocupes, somos muchos niños y niñas. Podemos vencer a la bruja.

PABLO: Yo no quiero entrar.

TODOS: ¡Venga! Que tenemos que entrar todos.

Todos los niños y niñas se acercaron a la puerta de la casa. Ninguno quería tocar la puerta.

MARÍA: ¡Lo haré yo!

María tocó dos veces en la puerta y de repente, apareció la bruja.

BRUJA: Malditos renacuajos, ¿cómo os atrevéis a entrar llamar a mi puerta? Mejor dicho, ¿qué habéis venido a buscar?

MARÍA: Perdone, señora bruja. Queremos que quites el hechizo al valle.

BRUJA: Ja, ja (se ríe). Que graciosas eres, niñita. Os lo tenéis merecido por no haberme invitado a la fiesta. Vuestras familias se quedarán así para siempre. Ja, ja, ja (se ríe).

TODOS: Por favor, señora bruja, no seas así.

BRUJA: Espera que piense un poco. A ver lo que me podéis hacer.

Durante un rato, la bruja se quedó pensando en qué podían hacer los niños y niñas por ella.

La bruja aparte piensa:

BRUJA: ¡Tengo una idea! Si desaparezco a los niños y niñas del valle, sus padres se quedarán sin hijos e hijas. Entonces, “El Valle Alegre” pasará a llamarse “El Valle Triste”. Ja, ja, ja. ¡Es una buena idea! Para que desaparezcan, tengo que mandarlos lejos. ¿A dónde los mandó?

MARÍA: (comenta por lo bajo). Que bruja más fea. Le hace falta un corte de pelo y un lavado de cara. Le pediré cita a la peluquera.

Pasado un rato, la bruja se dirige a los niños y niñas. Les dice:

BRUJA: No os preocupéis. Queda una posibilidad para salvar a vuestro valle. Pero, tenéis que hacer lo que yo os diga. ¿Vale?

MARÍA: Y, ¿qué es lo que quieres que hagamos por usted?

BRUJA: Simplemente una cosa: ¡Me tenéis que hacer de reír! Es difícil que alguien me haga de ir porque me gusta hacer cosas malas. No me gusta ver a las personas divertirse, por eso, tenéis que hacerme de reír. Si me hacéis reír de alegría, quitaré el hechizo en el valle y vuestras familias volverán a ser felices. ¿Aceptáis el trato?

MARÍA: ¿Estáis todos y todas de acuerdo?

TODOS: ¡Siiiiiii! Te vamos ha hacer reír y a carcajadas.

BRUJA: Pues, vale. Dentro de una hora os espero en el centro del valle. A ver lo que hacéis.

TODOS: Vale. Dentro de una hora estamos allí.

BRUJA: (habla en voz baja) Que bien. Si no me hacen reír, además de ser el valle triste, haré desaparecer a estos renacuajos para nunca poder ver más a sus familias. Ja, ja, ja (se ríe).

Rápidamente, la bruja se fue volando en su escoba.

Los niños y niñas se fueron pensativos y tristes porque no sabían que hacer. De repente, un niño dijo algo.

ALEX: Porque no hacemos un teatro. Entre todos/as, podemos escenificarlo. Además, podemos imitar a la bruja para que ella se vea como actúa y puede, que cambie su forma de actuar.

MARÍA: Buena idea, Alex. Podemos imitar a nuestros padres y a la bruja. Que se vean los mayores como actúan. Además, podemos invitar a nuestros padres. Que ellos sean nuestro público. Que la bruja se sienta como en familia y puede, que le lleguemos a su corazoncito.

TODOS: ¡Vale!

MARÍA: Entonces, vamos a ir a nuestras casas a coger los materiales necesarios como: telas, maquillaje, cartones, disfraces…

Cada niño y niña se fue para su casa en busca de los materiales necesarios para el teatro. Estaban tan nerviosos, que podían ni buscar. Incluso, a María le entró tanta hambre que se comió el pastel que había hecho su madre.

A los 15 minutos, los niños y niñas volvieron con los materiales necesarios para montar el teatro. Entre todos y todas, comenzaron a repartir las tareas y a montar el teatro.

Pasada una hora, apareció la bruja en el centro del valle. Los niños y niñas ya tenían el teatro preparado. Incluso, habían puesto sillas para tener público.

BRUJA: Pero, que es esto. ¿Para qué habéis puesto sillas? (preguntó extrañada).

MARÍA: Porque vamos ha tener público. Nuestros padres van ha venir a ver nuestra representación. ¿Te parece mal?

BRUJA: A mí, no. Pero, ¿van ha ser capaces de venir a veros?, porque me tienen mucho miedo.

MARÍA: Tanto miedo no te tienen porque vienen por allí. Nuestros padres son muy valientes.

BRUJA: Sí, sí, lo que tú digas.

En esos momentos, aparecieron los padres de los niños y niñas sentándose en las sillas que habían colocados. La bruja se colocaba en la primera fila para ver mejor la representación. El teatro iba a comenzar:

Habían colocado una gran tela blanca con diferentes dibujos como: casas, árboles, plantas… Por un lado del escenario, salen todos los niños y niñas vestidos de bruja.

Los padres y madres comenzaron a reírse. En cambio, la bruja se quedó enfadada porque se habían disfrazados de ella.

MARÍA: ¡Hola a todos y todas! Vamos a comenzar nuestra representación. Vamos a contar chistes y adivinanzas y tenéis que aceptarlas. ¿Vale?

PADRES: (gritaron todos y todas) ¡Síííííí!

PABLO: ¡Yo comienzo! ¿Por qué las brujas viajan en escobas?

PADRES: ¿Por qué?

PABLO: Porque no tienen carnet.

ALEX: Ahora, yo. ¿Qué sucede cuando una bruja volando rompe la barrera del sonido?

PADRES: ¿El qué?

ALEX: ¡Se oye el boom de la escoba!

PADRES: Ja, ja, ja. (Los padres y madres se ríen).

La bruja se queda muy sería. Está poniendo cara de enfadada.

CLARA: Ahora, yo, yo. Este es bueno. ¿Dónde suelen aparcar las brujas?

PADRES: ¿Dónde?

CLARA: En el cuarto de las escobas.

PADRES: Ja, ja, ja. (Se ríen).

MARÍA: La última adivinanza. ¿Qué tiene que pasar una bruja joven para ser bruja? Un hechizo-ción de prueba.

PADRES: Ja, ja, ja. (Se ríen).

La bruja seguía sin reírse. Cada rato que pasaba, más enfadada estaba.

Al no reírse la bruja, los niños y niñas se pusieron más nerviosos.

MARÍA: Nuestra invitada de honor no se divierte mucho. Pues, vamos ha hacer una cosa. Vamos a contar un poema. ¿Vale? Se llama “La huelga de las brujas”.

PADRES: ¡Vale!

Salen todos los niños y niñas con sus disfraces puestos y comienzan a contar.

TODOS: “El mundo de las brujas, por ley, van ha hacer una huelga de un día completo.

En el sindicato de brujas chifladas se propone huelga de escobas paradas”.

La bruja se enfada y grita:

BRUJA: ¡Brujas chifladas! ¿Dónde?

MARÍA: Bruja, no nos moleste. Estamos contando un poema.

BRUJA: Vale.

Los niños y niñas siguen con el poema.

TODOS: “La bruja Anacleta que perdió su escoba, siempre vive en huelga y con cara de boba.

La bruja Benita que es muy mandona, secunda la huelga desde su poltrona.

El brujo Martín, fino y elegante, ya colgó su escoba en el viejo estante.

Y Aníbal, el brujo del vestido roto, ya no tiene escoba porque monta en moto”

Poco a poco, a la bruja se le está quitando el enfado. Incluso, se le está poniendo mejor cara.

TODOS: “La huelga es total, ninguna trabaja, ni la bruja alta ni la bruja baja.

Saldrán sin escoba y sin su caldero, sin el gato negro y el alto sombrero.

Esta noche clara contarán estrellas, las brujas chifladas, las brujas bellas, los brujos gentiles y los brujos raros, que brindarán con vinos muy caros.

Piden al gobierno del mundo encantado, un mejor salario, bien remunerado.

Terminó la huelga de escobas paradas con todas las brujas cantando sentadas, porque consiguieron de la dirección una buena paga con magia a montón”

BRUJA: (Comenzó a reírse) Malditos renacuajos, me habéis hecho reír. Este tema es muy sensible para mí, porque no me siento valorada por nadie y vosotros me habéis hecho sentir importante. Sois un encanto.

TODOS: ¡Bien! Piensas que no nos importa, pero nosotros somos niños y niñas que nos gustan ver a la gente feliz. Y, tú, eres bruja pero eres persona. Es lo que importa.

BRUJA: (comienza a llorar). Que buenos sois y lo mala que he sigo con vosotros. Me he dado cuenta que sois como mi familia y que sonreír no cuesta nada. Sois maravillosos. Como lo habéis conseguido, quitaré el hechizo al valle. Volverá a ser “El Valle Alegre”.

TODOS: Sí, pero queremos una cosa. Que seas la abuela de todos los niños y niñas del valle. No la bruja. ¿Quieres?

BRUJA: ¡Encantada! Seré la abuela de todos y todas.

TODOS: ¡Bien!

En el valle, todos los niños y niñas juntos con sus padres y madres empezaron a reír, bailar y cantar. Estaban todos felices porque había vuelto la alegría al valle incluso la bruja, bailaba y cantaba con ellos.

A partir de ese día, “El Valle Alegre” cambió de nombre, se llamaba “El Valle Sonrisas”. Todos los habitantes del valle incluso la bruja, vivieron felices   y comieron perdices .

Todas las personas, da igual la raza, color, sexo, opinión, nacimientos… son todos iguales. Tenemos sentimientos y emociones. La alegría en todo momento es un tesoro en sí mismo que no cuesta nada llevar.

Mª Dolores Solís

Alumna del CFGS Educación Infantil a distancia

Por fin una Navidad juntos

15 diciembre, 2009

En un pueblo de la India había una pobre chica llamada Divia. Ella vivía en una casa abandonada con sus dos hermanos, Sanni con cuatro años y Amir con seis años. Una fría noche de invierno Divia soñó que sus padres les buscaban. Ella ya había tenido sueños parecidos en invierno que acababan cumpliéndose. Nada más despertarse empezó a recoger sus pocas cosas. Cuando terminó de despertar a sus hermanos, les explicó lo que había soñado.

Aún era de noche cuando salieron en busca de sus padres. Por el camino se comieron el único trozo de pan que les quedaba. Estuvieron caminando mucho tiempo hasta que empezó a amanecer y a lo lejos divisaron un pueblo grande y bonito. Caminando llegaron a él. Pasaron por la calle principal y vieron que había puestos de comida. Y, de pronto, les rugió el estómago. Se dieron cuenta de que no habían comido en horas. Entonces Amir salió corriendo. Sus hermanos, sin saber que pasaba, le siguieron. De pronto vieron que Amir robó un trozo de queso y de pan. Muy asustados los tres salieron corriendo, pensando que nadie se daría cuenta. Pero el dependiente se dio cuenta. Y se oyó un grito:  – Al ladrón, al ladrón. Un guardia que pasaba por allí lo oyó y preguntó lo que había pasado. Antes de que el hombre acabara de contárselo el guardia salió a por los hermanos.

Mientras tanto Divia, Amir y Sanni corrían para esconderse. De repente llegaron a una lujosa mansión. Entraron en el patio para esconderse del guardia. Nada más entrar vieron a una mujer elegante tomando el té en una mesita. La mujer, que era de buen corazón, al verlos con ropa vieja y sucia, los invitó a su casa. Cuando entraron era como en los cuentos: con cuadros, alfombras… Subieron muchas escaleras, hasta un gran habitación llena de juguetes con tres grandes armarios. Maravillados, los tres se pusieron a mirarlo todo. Mientras tanto, la mujer se metió en los armarios. Al rato sacó un vestido y dos trajes. Se los dió a los hermanos. Al ponérselos estaban como hechos a medida. Una vez vestidos con sus nuevas ropas se los llevó al comedor. Les dió de comer y de beber. Y muy curiosa les preguntó de dónde venían, que hacían aquí. Divia empezó a contárselo. Cuando terminó de hablar, la mujer se puso a llorar. Ella era su madre. Había sucedido un milagro de Dios.

Dentro de unos días iba a ser Navidad y la iban a celebrar por todo lo alto. Divia tenía muchas preguntas pero calló por el momento.

Natalia y Mia (1º de ESO)

La apuesta

29 octubre, 2009

(Homenaje  a Don Juan Tenorio de José Zorrilla)

Javier Carrasco

 A veces las cosas aparentan algo muy distinto a lo que realmente son. Quizá el sabio Descartes llevaba razón cuando hablaba de la existencia de un demiurgo burlón que no cesa de poner zancadillas y confundir los sentidos de los desenfocadasinocentes humanos: ¿Quién no ha sufrido alguna vez el engaño de buscar la billetera para pagar algo que se ha comprado y descubrir que no la lleva consigo a pesar de estar seguro de haberla cogido al salir de casa?, o ¿quién no ha tenido la certeza  de estar presenciando una escena ya vivida anteriormente en la que todo se repite al detalle?. Situaciones como éstas siempre me han hecho reflexionar, tal vez porque en ellas el límite entre lo real y lo imaginario se difumina confusamente, como si estuviésemos soñando despiertos, moviéndonos así en un terreno escurridizo donde no todo parece estar definitivamente fijado. Por eso, no dejo de pensar en lo ocurrido no hace mucho a un querido amigo  amante de los placeres de la vida, del juego y de  la noche.

 

  Acostumbraba a apuntarse a las juergas de última hora, cuando ya todos los bares y tabernas del pueblo habían cerrado, así pues, una noche se vio viajando en un coche, acompañado de sus camaradas de jolgorio, entre vozarrones, risotadas nerviosas y humo asfixiante de cigarrillos. La suerte estaba echada. Sólo  lamentaba dos cosas: la noche de perros que hacía y la bocaza tan grande que tenía. “¿Por qué no me habría metido la lengua en …?” pensaba para sus adentros, al tiempo que sus acompañantes,  bromeaban y contaban absurdas historias de miedo que mas bien movían a la risa, pues se habían empeñado en asustar al valiente apostante  y hacerle arrojar la toalla. Mi amigo se reía y pensaba que aquellas patrañas no asustarían ni a un niño de cuatro años, al tiempo que se decía para sí que jamás volvería a decir una fantasmada.

 

  El coche se detuvo junto a la última farola del alumbrado público. Más allá  se cernía una oscuridad devoradora. Decastle allí arrancaba el camino de acceso al conjunto histórico-monumental que coronaba al pueblo, donde aún se encontraban las ruinas de la antigua alcazaba y la iglesia –fortaleza que los cristianos construyeron en su avance hacia el reino de Granada. En medio, semienterrados, se hallaban los restos de un antiquísimo cementerio que los lugareños databan “ de la época de los moros”. Mi amigo, siempre tan sarcástico comenzó a silbar la melodía de “Noche en el monte pelado” y sin mediar palabra se adentró en la negritud de la noche, desapareciendo como engullido por las fauces de un dragón.

 

  Comenzó a caminar cuesta arriba al tiempo que pudo oír los últimos sonidos de la civilización; sus amigos ponían el coche en marcha y daban la media vuelta. El bramido del motor se fue perdiendo poco a poco hasta que el más absoluto silencio irrumpió en sus oídos. Estaba completamente solo. Hacía frío y la visibilidad no era muy buena. Una invisible y fina lluvia pinchaba su rostro como si fueran finísimas agujas, impidiéndole ver más allá de sus propias narices.

 

  De repente, sin previo aviso, emergió de la pez la inmensa mole de un gigante sin cabeza: la torre de la casi inexistente alcazaba que a tantos vendavales había resistido. Se estremeció un poco al pasar junto a su cara oeste y recordar los impactos  de cuando su muro era utilizado como paredón de fusilamiento en guerras fratricidas. Debía proseguir su camino y acceder al lugar donde en otro tiempo se encontraba el patio de armas.

 

  El viento del norte comenzó a rugir y la lluvia respondió aumentando su fuerza. El chapoteo de mil y una gotas se expandía alrededor de él al tiempo que un mágico espectáculo se abría ante sus atónitos ojos. Las nubes bajas ascendían por el valle corriendo un velo de blanco espectral allí por donde pasaba, envolviendo a la pequeña ciudad en una espesa niebla, como si aquélla, adormecida por el sopor del sueño, se recostara perezosamente sobre ingrávidos almohadones.

 

 scary-cemetary-at-night Hechizado, hubiese permanecido allí durante horas  contemplado el efecto producido por las luces difuminadas del alumbrado eléctrico y aquella inquietante atmósfera onírica sacada de alguna vieja película de terror. Pero debía continuar y abrirse paso hacia las ruinas del cementerio. Para ello, se introdujo en un espacioso agujero practicado en una de las gruesas murallas. Ahí habían reposado durante siglos los ancestros del lugar, hasta que el recinto se había quedado pequeño y las autoridades locales habían decidido trasladarlo a un lugar más grande y con mejores accesos, en demanda de las nuevas necesidades.

 

  Llegó entonces el momento culminante de aquella descabellada aventura. Sacó del bolsillo de su gabardina una pequeña linterna y comenzó a rastrear el suelo. Le vino a la memoria aquellos momentos de su infancia en las noches de verano en las que los chicos del pueblo se entretenían buscando caracoles. Qué deliciosos los preparaba su abuela. Tan ricos le salían que le hacía a uno olvidar el asqueroso aspecto de aquellos gasterópodos. Pero no era eso lo que ahora buscaba. Dirigía el vacilante haz de luz hacia las piedras y trozos de lápida  que yacían en el suelo. Buscaba alguna inscripción.

 

  El viento soplaba ahora con ímpetu, y arrancaba de las desnudas ramas de los vetustos olmos de la iglesia-fortaleza lúgubres notas sostenidas, como si proviniesen de algún misterioso órgano oculto a sus ojos.  De nuevo se estremeció. Sus pies tropezaron con algo duro y plano. Se inclinó un poco hacia adelante  y fijó su mirada en aquel trozo de mármol carcomido por el musgo y la humedad. Intentó arrancarlo del suelo pero, a pesar de estar encharcado,  no cedía. Se ayudó de la punta de su bota hasta que consiguió despegarlo. Parecía como si la misma tierra estuviera impidiendo que el trozo de  lápida abandonase aquel sórdido paraje. Lo tomó entonces en sus manos y sus dedos le delataron que había algo escrito. En efecto, parecía estar escrito en latín. Al tacto podía leerse “OBIIT”. Lo había conseguido. No había pues que demorarse, pues sus acompañantes ya le estarían esperando al otro lado del cerro, tal vez pensando que su pequeña aventura había resultado fallida por no haber tenido las suficientes agallas y  de este modo perder la apuesta. Ya le parecía oír la algarabía en la oscuridad lejana.

 

  Se dirigió entonces al pasadizo que discurría entre el muro sur de la iglesia y el panteón donde descansaban los restos the-bone-pilede la desaparecida familia nobiliaria a la que una vez el rey entregara la ciudad y las tierras adyacentes. Eso en justo pago por los servicios prestados en la lucha contra el infiel. Por último, giró a la izquierda y tomó la carretera que discurre entre el viejo templo y un convento de construcción posterior.

 

  Alcanzó el muro norte, donde se alza un misterioso torreón  rematado por una cúpula cónica   en cuyo interior hay una escalera de caracol por la que nadie se atrevía a pasar. En el muro exterior del torreón se abrían tres finísimas saeteras de donde brotaba una débil luz mortecina, fantasmagórica, que produjo en él una extraña sensación, mitad sorpresa, mitad fascinación. ¿Qué estaba ocurriendo allí?, ¿Acaso la vieja iglesia no estaba abandonada y cerrada al culto hacía ya décadas?, ¿Quién o quiénes podían encontrarse allí a altas horas de la madrugada y con aquellas deplorables condiciones meteorológicas?. Alguien tan loco como yo –pensó cansado y algo mareado- Quizá se estuviese celebrando algún servicio religioso desconocido para el .

 

  Movido por la curiosidad, avanzó en dirección al pórtico de la iglesia, muy cercano al torreón. Entonces por primera vez percibió como se le había erizado el vello. Por el pórtico de la iglesia vio como salía una singular comitiva procesional encabezada por un portador de crucifijo.  Al pronto podía aquello pasar por un ensayo de procesión de Semana Santa, de no haber sido por la doble hilera de lo que parecían ser monjes ataviados con oscuros hábitos de tela tosca y encapuchados. Avanzando muy lentamente y en paralelo, sus pies no parecían tocar tierra;  él, ahora presa de un terror sin límites, descubrió que se encontraba en medio de la doble hilera de monjes… que portaban enormes espadones al cinto…  ¿Qué farsa era ésa?, ¿Hasta cuándo iba a durar? Quiso gritar pero tan sólo pudo arrancar un sonido mudo, gutural, de su seca y áspera garganta. Era increíble. A él, que no temía a nada ni a nadie, que siempre se había mofado del peligro y del destino, el miedo le había hecho enmudecer. Su afamado valor y arrojo se habían esfumado no sabía muy bien cómo. Lo cierto es que le faltaron ánimos para alzar la vista y mirar fijamente a los rostros embozados en los capuchones de aquellas espectrales figuras. No dudó pues en acelerar el paso y poner tierra por medio lo antes posible.

 santacompa%C3%B1a

Mas, cuando ya había rebasado al portador del crucifijo y la espeluznante procesión quedaba ya fuera de su campo de visión   -no puedo olvidar la lividez de su rostro cuando relataba esta escena-, notó el escalofriante tacto de una pesada y huesuda mano que le asía del hombro al tiempo que, petrificado por el terror, le pareció oír el sonido de algo que no era humano, algo que se escapaba a sus razonamientos y que se confundía con la noche de los tiempos, algo que, indudablemente se dirigía a él…

 

                                            “FRATER, QUID EGIS IBI?”

 

  Estos sonidos aguijonearon sus oídos como afilados cuchillos, provocándole una mezcla de náuseas y vértigo que le empujaban a una infinita negritud tan hueca y vacía como la nada…

 

    … Despertó de un sueño inquieto a los dos días de su ingreso en el hospital. Tras los primeros instantes de aturdimiento y desasosiego propios de su estado,  comenzó por darse cuenta de que estaba en una habitación que no era la suya, aunque la nívea blancura de las sábanas y de todo cuanto le rodeaba le hicieron comprender que se trataba de un sanatorio. El primer rostro que reconoció fue el de su hermano, un hombre afable, algo mayor que él, que le sonreía y le saludaba como si estuviera en la ventanilla de algún tren o autobús. ¿Qué hago aquí? ¿Y vosotros, por qué estáis aquí? Fue lo primero que balbuceó aún bajo los efectos de los tranquilizantes. Su hermano, al igual que otros parientes presentes, le recriminaron que todo aquello había sido el resultado de otra de sus tan frecuentes correrías nocturnas. Que a ver cuándo iba a sentar cabeza y otras cosas por el estilo. Su hermano comentó que unos empleados municipales lo habían encontrado junto a la iglesia del cerro, tumbado sin sentido junto a los rosales, donde se había enganchado su gabardina hecha jirones.

 

  Lo que acababa de oír le hizo recobrar la memoria de un golpe. Sintió que se le helaba el alma y su tez palideció durante unos segundos. Sin decir nada a nadie pensó… Qué estúpido fui, me dejé asustar por unos simples matojos. Voy a tener que enmendarme definitivamente…

 

  Aquella misma tarde recibió el alta. Un celador le trajo el resto de la ropa que traía cuando había sido ingresado. Mi 53383amigo se sentía feliz y quizá un poco preocupado. Debía tener más cuidado. Ya no era un mozalbete. Se quitó el pijama prestado y se enfundó sus vaqueros. Al ponérselos notó un escalofrío en el muslo derecho. Tras vacilar unos segundos, introdujo su mano temblorosa en el bolsillo. Un sudor helado le recorría la frente. Todavía hoy se cuestiona quién introdujo allí ese medallón carcomido y oxidado donde se adivina la Cruz de la Orden de los Templarios.

Microrrelato: "No me dejes sola"

31 mayo, 2009

Por Arantxa Méndez Bautista   (1º de ESO-C)

 

Es una larga historia de contar. Una noche de madrugada escuché a mi madre chillar, me levanté y fui a su cuarto, la vi muy triste, ella estaba llorando, le dije:

-Mami, ¿qué te pasa? , tienes mala cara y estas cubierta de morados.

– No me pasa nada hijita de mi alma, vete a tu cuarto que ya es muy tarde- esas palabras me dijo a mí mi madre.

Días después se escuchaban muchos chillidos, era mi madre, que le estaba pegando mi padre, pero me tapé los oídos y seguí durmiendo.

Al día siguiente me levanté, llamé a mi madre para que se despertara, yo preocupada, mi madre no reaccionaba, me abracé a ella y le dije:

-No me dejes sola mamita.

Por culpa del alcohol mi padre le quitó la vida a mi madre.

-Mami, te echo de menos, desde que te fuiste a ese cielo, te extraño y te quiero, quiero pronto verte cuando suba yo a ese cielo.

Ya soy mayorcita, ocho años sin mi madre, por culpa de un canalla que no supo valorarla.

Me encuentro sola, me hace falta mi madre, ella me dio la vida y nunca pensó en dejarme.